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Louis de Poudereux on Facebook

29 octubre 2009

El grifo

Finalmente también participamos en el certamen Ser Allan Poe. He adaptado mi relato El grifo y será de la partida. En este escrito podemos encontrar algunas notas del característico humor del autor, formidable, ya que este se encuentra incluido en un género complicado como es el del misterio.
En este certamen pedían que el trabajo tuviese alguna relación con Edgar Allan Poe, espero que hayan sabido encontrar las referencias en mi texto...

El grifo


"-Que grifo más bonito había elegido en la tienda de saneamientos para el baño auxiliar. Dijo el padre sintiéndose orgulloso.
La casa, que hasta hace poco era de renta antigua, estaba en estado de ruina parcial y en una situación precaria. Pero después de perecer sus ancianos inquilinos la vivienda salió a subasta, y aunque el precio fue mucho menos de lo que realmente puede valer, ya costó un pico. El caso es que la casa estaba que se caía y por lo tanto la restauración fue ardua y duradera. Inicialmente pensaron en dejarse unos ahorros, aunque definitivamente pensaron que bueno, es una vez en la vida y no se tenían que privar. La casa con 4 habitaciones, dos baños, terraza, balcón y solarium, salón con barra americana, cocina y despensa estaba muy bien compensada. Básicamente hubo que pintar todo, un poco de escayola, poner el suelo en condiciones y comprar todo nuevo. Pero lo que más trabajo llevaba sin duda era el baño auxiliar. El principal iba fino y también tenía lo suyo pero el que se llevaba la palma era el chiquito. Aunque pensaban que no lo iban a utilizar en demasía, no era cuestión de acondicionar todo y dejar ahí el agujero negro, aunque la verdad es que al final y no se sabe bien porque, aunque nuevo, el color predominante de este destacamento no fue otro sino el negro. Los sanitarios fueron negros y de fondo una pintura grisácea que hacia del baño uno de los más vanguardistas que se pudiesen encontrar. El caso es que el grifo si era bonito, de cuello de cisne, negro azabache y con las ruedas doradas. Inconscientemente, al entrar a vivir a la casa ni se dieron cuenta que el baño que más utilizaban era este y que incluso estando el otro vacío hacían cola en la puerta del pequeño aseo esperando para entrar. La estancia en el nuevo hogar era muy feliz y todos se sentían muy orgullosos de haber conseguido y poder regentar una morada tan maravillosa.

Un día por la noche, la familia veía la tele en el salón con la luz apagada. Algunos miembros seguían con atención el infumable programa y otros dormitaban ante la cómoda situación que el sillón orejero les ofrecía. El perro samoyedo, conocido por todos con el nombre de Martiañez, también dormía acariciado por la cómoda alfombra de piel de tigre tirada a los pies del sofá. De pronto, el animal pegó un bote y salió disparado a la puerta. La rascó un poquito y empezó a ladrar.
-¡Martiañez! ¡Vaya susto, caray! Los miembros que estaban dormidos protestaron.

Los días transcurrían en la vida de la familia feliz con su cotidianeidad. Así de esta forma, y en una noche cualquiera de la semana siguiente, la familia se encontraba en la misma instantánea que la mayoría de las noches de todos los días. Aquel día antes de que saltara el perro, la puerta se abrió, trajo un soplo de aire fresco y se cerró. La familia corrió hacia allí pero no había nadie. El perro esta vez parecía enloquecer dando vueltas en circulo. El cabeza de familia tranquilizó al resto comentando que esto a veces pasa y que las bisagras también fallan, prometió que al día siguiente lo miraría. Estaba más acongojado que ninguno, aunque el miedo le permitía aun seguir siendo dinámico, no era cuestión de sembrar ningún signo de alarma. A la noche siguiente todos habían olvidado el incidente del día anterior y estaban prestos a entregarse a su actividad nocturna tan poco provechosa. Juan, cabeza de familia, que había mirado las bisagras como haciendo el paripé, no descansaría igual esa noche. Algo extraño le atormentaba y le hacia ir al baño más de lo habitual. Después de un par de horas, todo estaba igual y su cuerpo había empezado a relajarse. Justo antes de acostarse, fue al baño por cuarta vez y al ir a rodear con su mano el pomo para hacer el juego y abrir la puerta, esta se abrió y le permitió la entrada. Realmente estaba tan cansado que entró como si fuese lo más normal. Ya dentro del aseo, se despertó como de repente y se asustó al sentir la puerta cerrarse sin tampoco haberlo hecho él. Sintió pánico y por un instante pensó que le habían dejado encerrado en el baño sin posibilidad de salir. Pero no, empujó y la puerta se abrió. Un nuevo revuelo aunque esta vez nadie le creyó. Los tubos alcoholizados que ingería a veces el cabeza de familia por la noche hacían que tuviese poca credibilidad en algunas ocasiones. Pero aquella noche fue de picos pardos y quizás por ser sábado noche allí no dejaba de oírse la puerta de la calle, se tranquilizaban pensando en la sugestión.

Marcos, el benjamín, había llegado tarde de la escuela y tenia hambre. Después de comer se acostaría un rato en el sofá. Todo esto no era nada nuevo. Todo el cansancio se le olvidó al poder estirarse todo lo que podía y ocupar en su totalidad el sofá negro. Entregado al sueño, su relajación fue total, tanto que llegó incluso a sentirse tan a gusto que pensaba que alguien le acariciaba la cara para ayudarle a conciliar el sueño. A veces solo le venia un ligero olor a azufre que finalmente también asoció al sueño y a la situación.

Aunque María insistía todos los días que una voz le daba las gracias cada vez que tiraba algo a la basura, los siguientes días pasaron de nuevo con tranquilidad aunque el habito de ver la tele en familia había pasado un poco a segundo plano.

Después de más de 4 horas ante el ordenador y de estar ya un poco cansado y con hambre, Marcos se levantó, se dirigió a la cocina, atacó la nevera y pasó por el baño. Al abrir, un pequeño susto, su padre estaba dentro:
-Perdona, papá, creía que estaba vacío. Voy al otro. Acertó a decir ruborizado. Pero al chico la actitud del progenitor le pareció extraña. Estaba semiagachado mirando al grifo de la pila desde abajo, así que decidió espiarlo durante un rato. De repente Juan accionó el grifo y empezó, lógicamente, a caer el agua. Lo cerró y se apartó hacia el lado del bidet. En ese instante una extraña figura comenzó a brotar del tubo. Era una especie de gnomo que se descolgó por el grifo, hizo slalom por el pie de la pila y dando un simpático brinco saltó por la ventana. Marcos no pudo contenerse y entró al baño. Padre e hijo se miraron atónitos sin mediar palabra. Al día siguiente, Marcos experimentaba en el baño. No estaba asustado sino que quería un muñeco de esos tan graciosos para él. Siguió el mismo procedimiento que el padre, pero allí no había nada. Después de esperar un rato, aburrido salió del baño, se quedó parado en el quicio de la puerta y observando a su derecha sostuvo una mirada viva y llena de sangre en la oscuridad: era La Muerte. Su guadaña cayó como un relámpago y le rebanó el cuello al pequeño. En el suelo volvió a sentir la caricia y el olor a azufre. Al abrir los ojos, lucifer le susurraba al oído:
-Guapo.
Era tan temprano que aún quedaba tiempo para que los demás despertasen. A estas horas el grifo, que se había abierto solo, borbotoneaba extraños y peligrosos seres por toda la casa: trasgos, chuckys, gremlins, sanguijuelas gigantes, diablos, efrits, zombis, políticos, dráculas, brujas…la destrucción total era un hecho.”

Louis de Poudereux
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