Pensaba que no, pero afortunadamente estoy encontrando más concursos y certámenes gracias a Escritores.org. Oraá es una historia cotidiana y muy común en la que seguro muchos podrán sentirse identificados. Este relato participa en el 14º Certamen Joven de Valdemoro.

-¿A que no? ¿Cómo que no? ¿Yo más? ¿Si o no?
-Bueno, pues tendrá que ser que si. Jo, que tipo más tonto, pensaba en su interior. Siempre con lo mismo, es que no lo aguanto. Solo por apellidarse Oraá ya es más que yo y tengo que aguantarle…”Que si mi apellido suena a fuerza, que si es diferente, que si esto, que si lo otro…”
Lo cierto es que eran simples discusiones de chiquillos sin problemas. En su entorno la infancia reunía todos los atenuantes para desarrollarse y crecer sin problemas ni miedos. Pero lo que no faltaba era el niño que se empeñaba en hacernos la vida imposible. El que le quita el bollo en el colegio al otro, el que contesta, el que es superior a los demás por sabe Dios que extraña razón…Y a uno de estos últimos es a quien tenia que aguantar López. Y por eso, por apellidarse López. Si, algo tan común no podía compararse al inigualable Oraá. Le tenia frito. Era ridículo ver a aquel tipejo sentirse lleno de orgullo al llamarle la maestra por su apellido aunque fuese para reprenderle.
Durante largo tiempo se llegó a agobiar por esta absurdez e incluso lo pasó mal. Que cosas las de los niños.
López y Oraá crecieron y aparcaron esta divergencia, aunque el caso es que nunca dejaron de discutir y competir. López, un tipo de naturaleza simple que no mediocre, era un tipo conformista que no aspiraba a mucho más que cualquier hijo de vecino. En cambio, Juan Manuel Oraá era de miras mucho más altas, pero lamentablemente no a base de esfuerzo sino de boquilla. El caso es que la vida les mantenía por caminos semejantes y cursaron todo su ciclo formativo juntos. Tras aguantar López todo el verano a su vanidoso amigo Oraá con el tema de que sus notas habían sido mejores que las suyas, al llegar octubre y ya en las puertas del mercado laboral, López trabajaría en una sucursal del Banco Hispano Americano mientras que Oraá lo haría en una de
Monte de Piedad. Para que más. “Que si Monte para aquí, que si Piedad para allá” o “que el Hispano Americano no se que, que si el Hispano no se cuantos”. Realmente a López, Oraá le seguía pareciendo un chiquillo. Lo recordaba por las noches y se mordía los labios de rabia. Pero que tontería comparar un banco con otro. Bancos y ya está, se repetía López. Pero así iba a ser
siempre fuese lo que fuese y tanto que el tipo comparaba hasta la belleza de las chicas con las que salían siendo siempre las perdedoras las de López, por supuesto. La cuestión es que López pudo haber sido cura, obispo o sacerdote, ya que su paciencia era infinita. Nunca le pegó, nunca le insultó, ni siquiera le contestó airadamente, jamás. “Real, yo del Barça. Playa, no, montaña. Blanco…negro. PP, PSOE. Mclaren-Ferrari. Morena, pues rubia. Me gusta la carne ¿Dónde vas a parar? El pescado es mucho mejor. The Beatles ¡¡¡Rollings!!!.” Así hasta la eternidad…Lo triste era seguir con un individuo como él, pensaba una y mil veces López. Pero no se lo podía quitar de encima. Realmente López era la pieza que le faltaba a Oraá para ser feliz, pero este lo desconocía. López pensaba que era su cruz particular, que simplemente le tenia que tocar estar con ese tipo porque si. Sin embargo, la realidad para los dos era que cuando no estaban juntos se echaban de menos, pero cuando se volvían a ver todo volvía a ser igual. Polos opuestos, supongo.
Un día López se casó. Oraá lo hizo poco más tarde. Esta vez no comparó a las mujeres, quizás por algo de vergüenza ,aunque la suya siempre le pareció mucho más interesante, pero si que comparó la iglesia, el salón y hasta la vestimenta de los invitados de ambas celebraciones. Pero quien se iba a enfadar a estas alturas, total, ya todo esto solo eran futesas. Después de todo este tiempo López ya se había resignado.
Con el pasar de los años y después de mucho esfuerzo, López había conseguido en propiedad más de la mitad del patrimonio del Banco donde había trabajado siempre. Oraa había hecho algo parecido en el suyo ¿Adivinan el nuevo órdago lanzado por este último? “Yo más”.La jubilación llegó antes para López. Oraá le reprochaba que era un vago. Después llegaron los nietos. Los de López no eran tan guapos…
Pero un día, todo llegó a su final. De muerte natural, Antonio López falleció a los 93 años de vida después de una vida feliz y sencilla. Oraá pensó entonces: “Vaya, este tío me ha vuelto a ganar una vez más.”
-Bueno, pues tendrá que ser que si. Jo, que tipo más tonto, pensaba en su interior. Siempre con lo mismo, es que no lo aguanto. Solo por apellidarse Oraá ya es más que yo y tengo que aguantarle…”Que si mi apellido suena a fuerza, que si es diferente, que si esto, que si lo otro…”
Lo cierto es que eran simples discusiones de chiquillos sin problemas. En su entorno la infancia reunía todos los atenuantes para desarrollarse y crecer sin problemas ni miedos. Pero lo que no faltaba era el niño que se empeñaba en hacernos la vida imposible. El que le quita el bollo en el colegio al otro, el que contesta, el que es superior a los demás por sabe Dios que extraña razón…Y a uno de estos últimos es a quien tenia que aguantar López. Y por eso, por apellidarse López. Si, algo tan común no podía compararse al inigualable Oraá. Le tenia frito. Era ridículo ver a aquel tipejo sentirse lleno de orgullo al llamarle la maestra por su apellido aunque fuese para reprenderle.
Durante largo tiempo se llegó a agobiar por esta absurdez e incluso lo pasó mal. Que cosas las de los niños.
López y Oraá crecieron y aparcaron esta divergencia, aunque el caso es que nunca dejaron de discutir y competir. López, un tipo de naturaleza simple que no mediocre, era un tipo conformista que no aspiraba a mucho más que cualquier hijo de vecino. En cambio, Juan Manuel Oraá era de miras mucho más altas, pero lamentablemente no a base de esfuerzo sino de boquilla. El caso es que la vida les mantenía por caminos semejantes y cursaron todo su ciclo formativo juntos. Tras aguantar López todo el verano a su vanidoso amigo Oraá con el tema de que sus notas habían sido mejores que las suyas, al llegar octubre y ya en las puertas del mercado laboral, López trabajaría en una sucursal del Banco Hispano Americano mientras que Oraá lo haría en una de
Monte de Piedad. Para que más. “Que si Monte para aquí, que si Piedad para allá” o “que el Hispano Americano no se que, que si el Hispano no se cuantos”. Realmente a López, Oraá le seguía pareciendo un chiquillo. Lo recordaba por las noches y se mordía los labios de rabia. Pero que tontería comparar un banco con otro. Bancos y ya está, se repetía López. Pero así iba a ser
siempre fuese lo que fuese y tanto que el tipo comparaba hasta la belleza de las chicas con las que salían siendo siempre las perdedoras las de López, por supuesto. La cuestión es que López pudo haber sido cura, obispo o sacerdote, ya que su paciencia era infinita. Nunca le pegó, nunca le insultó, ni siquiera le contestó airadamente, jamás. “Real, yo del Barça. Playa, no, montaña. Blanco…negro. PP, PSOE. Mclaren-Ferrari. Morena, pues rubia. Me gusta la carne ¿Dónde vas a parar? El pescado es mucho mejor. The Beatles ¡¡¡Rollings!!!.” Así hasta la eternidad…Lo triste era seguir con un individuo como él, pensaba una y mil veces López. Pero no se lo podía quitar de encima. Realmente López era la pieza que le faltaba a Oraá para ser feliz, pero este lo desconocía. López pensaba que era su cruz particular, que simplemente le tenia que tocar estar con ese tipo porque si. Sin embargo, la realidad para los dos era que cuando no estaban juntos se echaban de menos, pero cuando se volvían a ver todo volvía a ser igual. Polos opuestos, supongo.
Un día López se casó. Oraá lo hizo poco más tarde. Esta vez no comparó a las mujeres, quizás por algo de vergüenza ,aunque la suya siempre le pareció mucho más interesante, pero si que comparó la iglesia, el salón y hasta la vestimenta de los invitados de ambas celebraciones. Pero quien se iba a enfadar a estas alturas, total, ya todo esto solo eran futesas. Después de todo este tiempo López ya se había resignado.
Con el pasar de los años y después de mucho esfuerzo, López había conseguido en propiedad más de la mitad del patrimonio del Banco donde había trabajado siempre. Oraa había hecho algo parecido en el suyo ¿Adivinan el nuevo órdago lanzado por este último? “Yo más”.La jubilación llegó antes para López. Oraá le reprochaba que era un vago. Después llegaron los nietos. Los de López no eran tan guapos…
Pero un día, todo llegó a su final. De muerte natural, Antonio López falleció a los 93 años de vida después de una vida feliz y sencilla. Oraá pensó entonces: “Vaya, este tío me ha vuelto a ganar una vez más.”
Louis de Poudereux































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