La cortina roja

“Ndong espera apostado en una farola de una céntrica plaza de Algeciras mientras, nervioso, observa una y otra vez su reloj de pega adquirido días atrás en el paso. La señora Carmen bajaba a hacer la compra ataviada con una bata roída y unas zapatillas abiertas como la boca de un cocodrilo. El sol castiga las calles de la ciudad. Hoy, 31 de julio, sucede algo periódico que revoluciona el lugar. Las calles se pueblan de magrebíes y de morenos esperando la cola para que el ferry les lleve al otro continente. Al otro lado, en Ceuta, solo compás de espera y algún africano que intenta colarse por cualquier escondrijo. Carlos toma un café en un bar cerca del puerto, lleva un traje gris de verano con unos Martinelli que le hacen especial en este lugar. Tal vez por ello muchos se acercan a preguntarle o a pedirle o cosas. Al salir al sol abrasador de la ciudad autónoma un majestuoso coche de rallyes le espera en la puerta…
En este cónclave de razas y culturas España se convierte en paso y puerta de un mundo a otro. Y pienso que digo bien al decir mundo, pues desde aquí se ve el paso como una gran cortina roja que al abrirla nos va a dar en la frente un soplo de calor hirviente mostrándonos al frente un horizonte borroso por la arena en el que se puede atisbar un gigante dormido que entendemos que es África. Olor a sándalo, a piel cansada…misterio y respeto en un continente indómito.
En hora clave se abre el paso y los barcos intercambian cromos en alta mar. El que va cargado y el que viene vacío llega a sus destino. En ese momento Ndong se ha sentado en un banco que le muestra todo el malecón. Mira al frente como queriendo buscar la costa africana, pero no la encuentra aunque seguramente él este mirando mas allá…a su querido Senegal. Carlos activa el encendido y mete primera. Con un suave rugido de motor el Mitsubishi Montero pone sus ruedas en suelo europeo y se dirige al centro de la ciudad.
Un muchacho joven, de cuerpo de atlético y raza mozárabe corre con agilidad por el paseo, lleva algo en la mano, aunque su velocidad impide ver que es. Al otro lado, un grupo de empresarios observa la escena como con indiferencia mientras apuran sus copas y sus habanos. Ndong viste larga túnica de colores vivos y por calzado porta unas alpargatas cruzadas que le mantienen los castigados pies algo frescos. El senegalés se dedica a mercadear con productos de contrabando, CDS, relojes y todo ese tipo de productos. Aparte siempre daba su ayuda a algún compatriota que se decidiese a pasar el estrecho, pero aquel día alguien le había citado a media mañana y no había aparecido. Ndong piensa con tristeza mientras imaginaba por qué aquel viejo amigo no estaba allí. Cambia su pensar y por un momento se observa de arriba abajo para comprobar que su vida le frustra. Recuerda sus tiempos de medico en Dakar, y como alguien le convenció para mejorar. Después de soportar una serie de trompicones dentro de España, se da cuenta que había perdido su tiempo y que estaba en un punto sin retorno: poco que ganar y mucho que perder.
Carlos piensa pernoctar en la ciudad, aunque no ve claro que hacer hasta mañana. Finalmente se acerca al hotel, reserva por una noche y sube a la habitación a descansar. Después de una ducha, avituallarse y dar una cabezada, saca su portátil y comienza a trabajar. Al poco de encender el ordenador este hace un extraño y deja de funcionar. El cable de alimentación se había enganchado con el cajón de la mesilla y se había sesgado parcialmente. Carlos, malhumorado, se viste y baja a buscar el cable para seguir trabajando. Decide marchar andando y visita una tienda. Nada. Otra y tampoco. Se había hecho de noche y todo comercio ya había cerrado sus puertas. Resignado, Carlos emprende el camino de vuelta al hotel. No lo parecía, pero había andado bastante y en este momento se encontraba lejos de su destino. Decide aminorar la marcha y, paseando, recorre la playa observando las luces que presenta el mar en la oscuridad. A medio camino se encuentra con la figura de un hombre tumbado en la arena. Carlos se acerca a socorrerlo y descubre que es un hombre de unos 30 años de raza negra…es Ndong.
Carlos estaba sentado en una de las incomodas sillas pegadas a la pared del hospital. En ese momento, un galeno pregunta por la familia del hombre recién ingresado. Carlos le comenta al médico que es él quien lo trajo y este se presta a comentarle lo sucedido en la salud de Ndong. Al parecer llevaba casi una semana sin comer y había bebido apenas un litro de liquido en todo ese tiempo. Se notaba que dormía en la calle, pues su cuerpo estaba lleno de moratones y durezas que deberían dolerle en cantidad. Esto, le seguía explicando el doctor, no es grave a corto plazo pero si puede serlo si no tiene opción a cambiar su situación. Carlos lo vio claro. Ndong era uno de esos inmigrantes que tras ver frustrado su viaje a Europa había perdido tanto el rumbo que ya no sabía ni como volver. Emitió un suspiro y prometiéndose volver mañana, se marchó al hotel.
Aquella noche fue dura para los dos. A Ndong sus dolencias le impidieron dormir pero a Carlos fue su cabeza la que le privó del sueño. De naturaleza solidaria, Carlos pensó en pagarle los gastos por unos días al senegalés y después facilitarle la vuelta a su país, pero se dio cuenta que quizás tampoco nadie le esperaba allí. Las 3 y cuarto de la mañana y no había pegado ojo. Se levantó y se asomó a la ventana…un coche ruge en lontananza y deja atrás una estela de humo. ¿Coche? ¡El coche! Carlos había tenido una idea.
Al día siguiente y a primera hora, Carlos se dirigió al hospital. Al subir a la habitación de Ndong comprueba que este se encuentra mejorado mientras devora un vaso de leche con un paquete de galletas María. De fondo suena una música embriagadora…Ndong escuchaba a todas horas a Wock, Youssou Ndour o Ismael Lo entre otros. Que música más bella pensaba Carlos. Se presentó, pero antes de hacerlo el senegalés le agradeció casi reverencialmente el hecho de haberle traído al hospital. Carlos le quitó importancia y mantuvo una charla con él. Le sorprendió su perfecto dominio del idioma, la forma de expresarse y en general la cultura del africano. Aquel mismo día Ndong recibiría el alta y podría salir de allí. Carlos se marcha a comer comentándole que le esperaría fuera mientras Ndong preparaba su salida. A la hora y media, ambos se encuentran de camino a un café departiendo como amigos de toda la vida.
-Ndong, ¿tienes carné de conducir? Preguntó Carlos cambiando radicalmente de tema.
-¿Yo? ¡Que va! Respondió Ndong como a quien le preguntan lo más raro del mundo.
Carlos pone una mano encima del hombro de Ndong y sonríe paternalmente…
Dentro del habitáculo del lujoso coche, Ndong mira con asombro las calles de la capital. Hoy, 4 de agosto, comenzaría sus clases de conducción. Carlos descubrió rápidamente que su nuevo amigo si sabia conducir lo que ocurría es que no había tenido la opción de costearse el permiso. Carlos, piloto de prestigio en la historia de los rallyes, tenía un maravilloso vehículo para buscar en el Rally Paris-Dakar de este año la victoria. Aquella noche vio claro que prefería declinar esa jugosa tentación para un campeón como él y delegar en el joven Ndong para darle una oportunidad. Al saber que no disponía de carné, comprendió que tanta maquina quedaría desaprovechada, pero al descubrir que Ndong en tan solo tres días ya estaba sacando licencia de competición, recuperó el ánimo y vio la situación desde otra perspectiva.
A los 5 meses el estrecho presentaba una instantánea diferente para el senegalés. Recordó su última carrera por estas calles…pero en ese momento su meta era otra muy distinta. Extraordinariamente tranquilo ya se sabía ganador, pues había obtenido lo más importante: una oportunidad. Banderazo de salida, Carlos no esperaba sentirse victorioso tan pronto.
Louis de Poudereux































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