Volvemos en el día de hoy con otro relato en plan rayadura. En esta ocasión solo se trata de apreciar las ambigüedades y la capacidad de liar una cosa sobre la otra. Por descontado, este es un relato que también participa en concurso.
Margarita Palace

Le dio la sensación que el hotel era feo desde fuera. Pero al entrar, un acogedor hall llenaba la estancia de paz y confort. Al hablar con el recepcionista, de quien no recuerda la cara, se llevó una grata impresión, pero finalmente acabó un poco disgustado por un comentario un tanto desagradable que hizo al darle la llave. Y es que piensa que recibió una llave, pero al subir a la habitación lo único que llevaba en la mano era una tarjeta magnética que sirvió para abrir la puerta. Sin duda este era un sistema un tanto moderno para un lugar tan vetusto. Que color más hortera el de las paredes, con unas cenefas propias del siglo XV, un aire clasista un tanto anticuado y un olor montaraz en toda la estancia. Hasta los huéspedes hacían juego con el decorado tan retrógrado y antiguo. Sin ir más lejos, el que ocupaba la habitación contigua era un melenudo con chupa de cuero que tocaba la guitarra siempre que podía. Iba a la última moda y hablaba una jerga de los barrios que estaba muy lejos de su vocabulario habitual. Por un momento decide dejar a un lado sus pensamientos, a los demás y al qué dirán. Lo más normal a estas alturas era tomarse un baño y ponerse cómodo, que al fin y al cabo a lo que había venido era nada más y nada menos que a descansar. Pensaba que el servicio podría ofrecerle algún refresco y llamó por teléfono a recepción, dos voces por el patio de luces y en 5 minutos tendría su bebida. Pensaba que sus amigos alucinarían cuando contara que el hotel no tenia teléfono y que tenía que gritar para hacerse oír, pero no ¿cómo iba a contar eso? Se avergonzaba sólo con pensarlo. Al asomarse a la ventana principal, un paseo marítimo dorado con un centro comercial abierto y futurista al oeste le hacen sentir la modernidad y la vanguardia, además de un gran deseo por dejar sus denarios... ¡euros! allí. ¿Denarios? Había dicho denarios - ¿¿¿Qué es eso??? Gritó asustado. Se vistió rápidamente y antes de salir se asomó una vez más a la ventana para hacerse un croquis visual y mental de lo que quería visitar… - Hummm. ¿Esa era? ¿Ese campo? Allí donde decía “huevos de corral“ antes ponía “Picadilly Circus”, seguro. Masculló un tanto desilusionado mientras se desvestía y colocaba su ropa en la silla. Por no pensar que aquello era viejo y anticuado, decidió engañarse pensando que sólo era cutre. De repente, un teléfono móvil de última generación suena con fuerza en el otro extremo de la choza. Sin necesidad de micrófono, se escucha una voz quebrada y desquiciada: “¡¡¡te estamos esperando!!!” Por un momento lo había olvidado. La conferencia empezaba a las 6 de la tarde. Juraría que había venido a descansar, pero estaba claro que tenía trabajo y una obligación que cumplir. Precipitadamente salió por el pasillo para recorrerlo durante un buen rato. Le dio tiempo para pensar y a admirar las obras tan valiosas que lucía la pared. Se mezclaban armoniosamente con una iluminación sencillamente asombrosa y un mobiliario fino que hacia la estancia tan acogedora como cualquier habitación. Los ascensores con olor a pino eran rápidos y cuantiosos, y los botones que los dirigían atentos y educados. Ya estaba en la puerta. El barrio céntrico de esta ciudad era populoso y un tanto estridente, pero la ventaja era que había cualquier medio de locomoción cerca. Tras media hora de búsqueda, ni un solo taxi, autobús o Metro que llevarse a la boca, por lo que finalmente decidió ir andando. Había abandonado el centro para llegar…al centro. Claro. El hotel estaba a las afueras y tenía que llegar al centro. Buscó en su maletín el móvil para ver la hora de la llamada… ¿el móvil? el no usaba esas modernuras. - Por eso me alojo, por ejemplo, en mi hotelito chiquito y antiguo de toda la vida. Pensó convencido. Retornó al hotel para volver a descansar, pero tras un infructuoso caminar se dio cuenta de que se había perdido. Es lógico, era la primera vez que había venido y en coche uno no se da cuenta de las calles. Pensó en preguntar, pues un hotel tan moderno y lujoso lo conocería todo el mundo, pero no hizo falta, deambulando llegó accidentalmente a la puerta. Al entrar, sintió de nuevo ese soplo de calor tan agradable que contrastaba a la perfección con el frío que hacia afuera, el hall oscuro y con flores, con la fuente de agua estancada en medio… que sensación tan especial. El ascensor no funcionaba por lo que tuvo que subir por la escalera. Arañas como ratones y olor a garbanzo en lúgubres pasillos que no acababan nunca. Por fin la habitación. Estaba cansado y más con el calor que sentía, pues ese verano estaba siendo duro de verdad. Sumido una vez más en sus pensamientos, se sentó observando el edredón de tul que adornaba la cama y reflexionó en voz alta:
- Fíjate que no se por qué, pero creo este hotel me está empezando a liar la cabeza.
Louis de Poudereux































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